martes, 2 de octubre de 2007

Por unos cuantos soles, en la soledad de un cementerio

Unos céntimos o unos soles, da lo mismo para Emilio Huaman. Mientras se levanta pensando qué comerán el día de hoy José, Eduardo e Hilda ,sus hijos, si no consigue los recursos necesarios para saciar el hambre . Siempre se persigna antes de salir de su casa, en Bocanegra, a su lugar de trabajo, en el cementerio Santa Rosa del Callao, que esta a unos veinte minutos de trayecto.

Mientras llega al cementerio y al observar el inmenso cerro, en el cual se encuentra el camposanto, le hace recordar a su pueblo Ocopòn (Ancash), el cual dejó a los quince años con el propósito, como todo emigrante, de buscar un mejor futuro y un buen trabajo en la gigantesca ciudad de Lima.

Él camina por todo el cementerio, aguantando toda la pestilencia de los cuerpos que se han descompuesto, esperando el llamado de algunas personas que tengan enterrados algunos parientes en dicho camposanto, para que pueda realizarle una pequeña “misa”; rezándole, cantándole y bendiciéndolo. Todo esto lo hace por unos soles que le brinda de forma voluntaria la persona.

“ Yo comencé desde hace tiempo a trabajar en este cementerio, en mi pueblo rezarle a los muertos es una costumbre, para que su alma se encuentre bien es como si fuera su comida y no estén ‘penando’ en sus casas. “

Emilio, con rasgos oriundos, a veces sufre la burla de algunos “limeñitos”, ya sea por la forma de vestir o por el lugar donde trabaja. Por las tardes tiene que regresar a su casa para dejar lo que a ganado, para que Hilda de 12 años cocine algo para sus hermanos. “Si no regreso con algo a mi casa siñor, que van a comer mis criaturas, a veces con lo poco que gano sólo pueden comer ellos y yo no. Y encima cada día sube todas las cosas , los útiles para mis hijos también cuestan, pero que se va hacer pes.” explicó Emilio. Él trabaja desde las 8.00am hasta el ocaso del sol, en días especiales como el primero de noviembre se queda hasta que la gente ,que esta por todos lados del cementerio, se haya ido.

Emilio con los años trabajando en el cementerio, conoce a los administradores y sabe algunas cosas como el traslado de un cajón a otro cementerio que por quinientos soles puedes hacerlo, como también la venta de unos cadáveres a los alumnos que estudian medicina. El cementerio no cuenta con vigilancia, ya que es del municipio, sólo te cobran el nicho, después no son responsables de nada. Es por eso que constantemente los profanadores de tumbas llegan a ese cementerio, al saber que no corren ningún peligro de ser atrapados.

“Los administradores son vivos, porque saben de las tumbas que ya no vienen sus familiares y esas son las que los venden a los estudiantes. También hay personas que se quejan con los administradores, porque los cuerpos de sus familiares no se encuentran y ellos dicen que, nos es su culpa”

Emilio, a sus 40 años se conoce de memoria toda la necrópolis y no se cansa de caminar diariamente por el mismo lugar con su Biblia, su agua bendita y su rosario. Siempre pensando en el cómo le ira el día de mañana y qué comerá.